Técnicas de escaneado e impresión 3D para recuperar el gigante que medía 20 cm más que Gasol

Redacción
Martes, 30 Diciembre 2014
Gigante extremeño

El Museo Nacional de Antropología de Madrid (España) ha iniciado la segunda fase de la recuperación de la figura  de Agustín Luengo Capilla, conocido como el "Gigante extremeño", que era natural de La Puebla de Alcocer (provincia de Badajoz, en Extremadura).

Se procederá a la digitalización y análisis antropológico del colosal esqueleto en el museo. Se trata de un proyecto pionero y único hasta la fecha, para el que se utilizará una tecnología de vanguardia con el fin de obtener una reproducción exacta de los restos.

El "Gigante extremeño" tuvo la particularidad de medir 2,35 metros (20 centímetros más que el pívot de la selección española de baloncesto y de los Bulls de Chicago, Pau Gasol, cuya estatura es de 2,15 metros)  en una época, mediados del siglo XIX, en la que la estatura media en España era de 1,60. Se convirtió así en uno de los españoles más altos hasta la fecha, según informa el Archivo Histórico Municipal de La Puebla de Alcocer .

Se procederá a la digitalización y escaneado, utilizando equipos de última generación, de los restos óseos y del vaciado de escayola del cuerpo del "Gigante extremeño", que se encuentran expuestos al público en las dependencias del Museo Nacional de Antropología.

El equipo técnico del proyecto, junto con el Museo Nacional de Antropología, recuperarán y darán valor a su figura. El proceso se realizará bajo la supervisión del director del Museo, Fernando Sáez Lara, en las dependencias del mismo, junto con el asesoramiento técnico de la antropóloga Laura Muñoz Encinar.

Una vez realizado el escaneado y el análisis, se procederá a la impresión de los restos óseos utilizando técnicas de impresión 3D. Además, se confeccionará una pieza única en el mundo, basándose en el vaciado y la reconstrucción total de la figura, donde se procederá a conseguir el personaje tal y como lo concibió el doctor de Velasco.

Esta segunda fase, forma parte del proyecto de recuperación y puesta en valor de la figura del "Gigante". En la primera, se llevó a cabo la realización de una estatua tamaño natural del personaje, cuya presentación tuvo lugar el pasado 7 de diciembre de 2014.

El asombro de su época

La historia del gigante Agustín Luengo fue objeto de un reportaje periodístico publicado por el diario ABC hace dos años, en los siguientes términos:

"Vivo o muerto, en el siglo XIX o en el XXI, vestido de pie o en la yacente desnudez de sus huesos, Agustín Luengo Capilla siempre fue un hombre asombroso, un gigantón que paseaba entre caras de sorpresa sus 235 centímetros de altura (veinte más que Gasol) por aquella España decimonónica de gentes pequeñitas, donde la talla media rondaba el 1,60 (hoy, es de 1,73).

Cuentan de Agustín, que nació en 1849 en la Puebla de Alcocer (Badajoz) y murió 26 años después en Madrid, que en su casa tuvieron que abrir un butrón en la pared para que pudiera dormir con las piernas totalmente estiradas. También cuentan que en aquella España pueblerina que se reía de las malformaciones (y pagaba por verlas), el amigo Agustín se ganaba la vida en uno de aquellos circos de monstruos con enanos, mujeres barbudas y hombres elefantes, tan del (mal) gusto de la época.

Su número, que se anunciaba como una de las mayores atracciones, consistía básicamente en mostrarse tal cual era y pasear bien cerca del público para que niños, mujeres y hombres se deleitaran con su anatomía exagerada. El momento cumbre de la función llegaba cuando, como el que se esconde dos monedas, Agustín ocultaba en sus descomunales manos un par de panes redondos de kilo y medio cada uno. Puede que los aplausos que retumbaban bajo la lona aliviaran el terrible dolor físico de aquellos huesos hundidos bajo el peso de un cuerpo desproporcionado. O puede que quizá le resultaran humillantes socavando aún más su autoestima. Nunca lo sabremos.

Lo cierto es que gracias al éxito de sus exhibiciones circenses, la fama del gigante Agustín (un caso claro de acromegalia, un trastorno causado por un tumor que dispara la producción de la hormona del crecimiento) llegó a oídos del doctor Pedro González de Velasco, catedrático de Anatomía de la Universidad de Madrid, que impresionado por las peculiaridades y rareza antropológica de aquel esqueleto, hizo a Agustín una oferta que no pudo rechazar. Le compraría su cuerpo en vida a cambio de una renta de 3.000 pesetas, una fortuna en aquella época, equivalente al salario medio de ocho años. Agustín recibiría 2,50 pesetas al día mientras viviese y a su muerte, su cuerpo pasaría a una especie de museo anatómico que por aquellos años, González de Velasco estaba montando en su propia casa del barrio de Atocha. Digamos, de paso, que el doctor era un personaje singular.

Hijo de un humilde matrimonio de labradores segovianos, se forjó una brillante trayectoria profesional sin renunciar a su obsesión de recuperar cadáveres para la enseñanza de la Medicina. El reconocido galeno invirtió todos sus ahorros en la construcción del edificio del museo (que fue su vivienda habitual y donde murió en 1882) y allí fundó en 1875 el Museo Nacional de Antropología, en cuya sala principal reposan los restos del que todos conocen como El Gigante Extremeño, que no es otro que Agustín Luengo Capilla, quien, por cierto, no pudo disfrutar de aquella suculenta renta vitalicia pues murió al poco de tiempo.

En el ‘vaciado’ del cuerpo del gigante que acometió el propio catedrático de Anatomía, el esqueleto perdió diez centímetros y así, con una impresionante osamenta de 2,25 metros, es como se exhibe en la actualidad en el Museo. Sus restos, resguardados en una vitrina acristalada, están custodiados por un vetusto armario repleto de cráneos, por la llamada ‘Momia guanche’ (el cadáver perfectamente embalsamado de un lugareño canario de tiempo inmemorial) y una escultura a tamaño natural del propio Agustín (resultante del vaciado practicado por el doctor) que áun conserva minúsculos restos capilares.

Ni que decir tiene que el colosal esqueleto es la pieza más admirada por los más de 40.000 visitantes que recibe el Museo cada año, muchos de ellos escolares de colegios que solicitan un (muy recomendable) recorrido guiado".

Libro dedicado

Asimismo, la historia de Agustín Luengo Capilla y del doctor Velasco inspiró a Luis C. Folgado de Torres el libro titulado 'El hombre que compraba gigantes', publicado por Ediciones Altera, del que ofrecemos este videotráiler:

 

 

 

y el primer capítulo a modo de introducción

Capítulo I

Madrid, 20 de abril de 1875

El pasillo, lóbrego como un túnel, del Depósito de Cadáveres, apenas iluminado por las llamas sonoras de las lámparas colgantes de carburo, se llenó con el eco de los pasos desbocados de don Pedro Velasco y los bastonazos que asestaba a las baldosas, como anunciando su bravura.

—Ni el doctor Velasco, ni don Alfonso XII, ni el Papa de Roma. Este cuerpo se queda donde está y sanseacabó. ¡Y no son horas de venir a jorobarme la existencia! —Don Celso Alvarado, forense titular del Depósito de Cadáveres de Madrid, se sintió importunado con la presencia inesperada de su colega, el doctor Velasco.

—Ya le han dicho que se marche, don Celso, pero está furioso —ni los conserjes, ni el asistente de don Celso pudieron hacer nada para detener a un Velasco completamente enfurecido.

—¡Ese cuerpo me pertenece y no voy a consentir que lo toque ni usted ni nadie! —de la boca de don Pedro Velasco salía un vapor esponjoso que se dispersaba al tocar el frío pesado de la sala de disección. Llegando a la mesa de mármol, el catedrático alzó su bastón con la cara descompuesta y amenazó al anciano forense y a su asistente, que le cortaron el paso nada más verlo entrar.

Un descomunal cuerpo desnudo yacía en la mesa de mármol sobre la que don Celso se disponía a trabajar, desperdigados ya un escalpelo y otras herramientas metálicas sobre el vientre verduzco del finado. El cadáver tenía la cabeza colgando con la boca y los ojos muy abiertos, sobresaliendo del final de la mesa en la que tampoco cabían las piernas. Las ropas húmedas de aquel Polifemo a punto de ser eviscerado formaban un montículo, arrinconadas bajo la cristalera del patio de luces que rezumaba vahos de agua y formol. Por entre el montón de harapos asomaban las enormes botas, como barcas negruzcas y hediondas sobre las que horas antes anduvo el desdichado por las calles del Madrid más sórdido.

—¡Miren, miren esto! ¿O es que en este jorobado país ya no valen ni los documentos firmados ante notario?

El doctor Velasco desplegó vehemente un legajo sepia planchado de sellos oficiales azules y rojos, golpeando con los dedos el lugar donde se retorcían las rúbricas. Luego lo giró hasta ponerlo delante de los ojos de don Celso, que se ajustó el binóculo antes de leer. Nada más comenzar su lectura temblona bajo la luz inestable del gas, la cara del forense se arrugó más todavía, evidenciando una perplejidad jamás mostrada a lo largo de su azarosa vida entre cadáveres.

—Dios mío, Velasco. Es usted peor que el demonio.

También es posible leer el segundo a través del portal libro de arena, en el siguiente enlace.

http://www.librodearena.com/post/pordiosluis/el-hombre-que-compraba-gigantes-capitulo-ii/4400992/1511669

Aplicación: Arte y cultura
País: España